miércoles 14 de julio de 2010

Aprendizaje

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Por Alejandra Pizarnik

-Admiré sólo la ejecución de los muñecos –dijo.

Cuanto más lo miraba, más fuerte era mi certidumbre de que nunca formularía, en mis poemas, signos iguales o parecidos a los que emitían esos muñecos. Y en verdad, ¿cómo comparar una paciente serie de pequeños actos con el impulso desenfrenado de la materia verbal errante?

-Ya no hay más nombres –dije a la loca.

-Si se queda unos años en el hospicio, le enseñaré a hacer muñecos como éstos –dijo.
¿Acaso es nada la vida? ¿Por qué conceder tanto tiempo a tan inútil aprendizaje?

-No quiero quedarme –dije-. De lo que se llama la locura, he oído hablar; como todo el mundo, pero no basta querer estar loca.
Se señaló a sí misma.
-No la abandone. No la deje sola.

Empezamos a llorar. Entró el médico. La señalé a ella y dije:
-Lo he dado todo y ahora me dejan sola.
Así aprendí cómo hacer un muñeco. Pero ustedes admiren sólo la ejecución de los muñecos.
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