domingo 31 de enero de 2010

Épocas Fecundas...

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Por Emil Cioran

Todas las épocas intelectualmente fecundas anuncian desastres históricos. Nunca el conflicto ideológico, las discursiones apasionadas que comprometen a una generación, se reducen al dominio espiritual: ese hervidero no presagia nada bueno. Las revoluciones y las guerras representan el espíritu en marcha, es decir, el triunfo y no la degradación final del espíritu.

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viernes 29 de enero de 2010

Feinmann ataca

miércoles 27 de enero de 2010

“El peronismo es nuestro gran relato histórico”

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Nora Iniesta y Daniel Santoro hablan de la recuperación de la iconografía peronista en el arte y explican los prejuicios que llevaron a su ausencia en el mundo de la cultura.

Por Victoria Linari
vlinari@miradasalsur.com

Parecen tiempos de auge del imaginario peronista. Después de años de alusiones, olvidos y exclusiones deliberadas, hoy distintos rincones de la cultura ponen en escena sus discursos, figuras, íconos y estereotipos. Desde las obras teatrales de Ricardo Bartís y Alejandro Tantanian, la literatura de Juan Diego Incardona y Carlos Godoy, hasta el fenómeno Capusotto e incluso el furor del movimiento de blogs peronistas.

Nora Iniesta y Daniel Santoro saben de qué se trata. Ellos son, podría decirse, la Eva y el Juan Domingo del arte argentino. Con obras que remiten a la infancia, la patria, los pizarrones escolares y las escarapelas, con materiales y técnicas simples como el collage, Iniesta se apropia de la imagen de Evita, buscando reconstruir los recuerdos y sensaciones de su propia infancia. Santoro, por su parte, recupera en sus obras la mayor parte de la iconografía de los primeros dos gobiernos peronistas. El descamisado, el auto justicialista, el guardapolvo blanco, la heladera Siam, la casita peronista, el Pulqui, son objetos privilegiados en sus pinturas que ayudan a reconstruir aquel mundo peronista.

“Por fin, después de muchos años, hay una apropiación legítima de Perón”, dice Santoro. “No desde lo estrictamente político ni desde cierta actitud militante. Su abordaje, antes que nada, implica el reconocimiento del peronismo como un fenómeno cultural y social que nos pertenece, del que podemos apropiarnos y que permite una síntesis para explicar cierta argentinidad.”

Los artistas coinciden en el carácter mutante del peronismo. Una capacidad de apropiación y una ductilidad que lo vuelven indestructible y, al mismo tiempo, complejo de entender. ¿Qué puede aportar el arte para develar el enigma de un fenómeno histórica e incansablemente explicado por politólogos, historiadores y sociólogos? “Sólo mayor confusión”, reconocen entre risas los artistas.

–¿Cuál es el desafío de dar forma a través del arte a los significados latentes y cambiantes que conforman al peronismo?

–Daniel Santoro: Hay un intento de apropiación de esa imagen. El peronismo se constituye desde hace muchos años como nuestro gran relato histórico. Esto lo decía Guillermo Saccomano. Tiene todos los componentes: a Eva, a las zonas oscuras como la Triple A o López Rega, y a la luminosidad como la tarea social. Eso es un gran relato histórico, la capacidad de ser abordado de distintas maneras y con juicios tan diversos. Para muchos es el castigo de la Argentina y para otros, la bendición. Esa posibilidad tan diversa es la que alimenta los distintos abordajes.

–¿Qué es lo que otorga vigencia al peronismo?

–Santoro: El peronismo tiene una plasticidad, una flexibilidad que permite hacer de él cualquier lectura. No expulsa a nadie, absorbe todo. Así, alimenta los grandes íconos universales y su imaginario social es como una especie de fábrica. Por ejemplo, la casita peronista es un chalecito californiano que no tiene nada que ver con nosotros, es el nivel de confort del suburbano de Los Ángeles. Sin embargo, acá se conforma como el nivel de confort peronista. Esa capacidad de apropiación es básica del peronismo, una especie de posta, no le hace asco a nada, nada lo contamina. Por tomar cosas del fascismo, no se vuelve más fascista, sino que simplemente se vuelve más peronista. Es una especie de imaginario político radioactivo: en vez de contaminarse, todo lo que se apropia se vuelve peronismo y no a la inversa. Eso ocurre incluso socialmente; la gente tiene que aclarar que no es peronista. Es difícil que uno aclare que es peronista.

–En este sentido, ¿ustedes sienten necesario aclarar los límites entre la militancia y el arte?

–Santoro: Lo debés aclarar, porque si no, el acercamiento al arte se da desde otro lugar. Para mí la política y la militancia son un componente. Pero yo no trabajo el peronismo desde el punto de vista de la política, sino desde cierta visión de la cultura. El peronismo funciona como un gran relato histórico. Y, de última, el tema siempre es una excusa.

–Nora Iniesta: Siempre es una excusa. Yo no vengo de una familia peronista, pero sí se basa toda mi iconografía en mi propia infancia. Porque Evita era una persona tan querida como odiada y yo desde mis tres, cuatro años empecé a sentir una cierta curiosidad, y tengo una mirada con gran afecto a alguien que muere tan joven y que de algún modo tuvo una trinchera bastante interesante que es ayudar y apoyar a la niñez y a la tercera edad, dos cosas que aún hoy siguen estando completamente olvidadas y desprotegidas.

–Hay cierta ausencia del peronismo en el arte argentino. ¿Por qué creen que gran cantidad de artistas lo excluyeron de su repertorio?

–Iniesta: Creo que es una cuestión de prejuicios. Mi interés surge más espontáneamente, por mi propia infancia, el contacto con Evita. Pero el prejuicio está también en el público. En mi muestra Evita maestra recorre el país, que son como cuadros cinematográficos en los que, a través del collage, recreo distintos paisajes que corresponden a su vida, muchas veces escuchaba a la gente decir: “¿Evita maestra?, ¿maestra de qué?” o cosas así. El arte político se castiga menos si está relacionado con la izquierda, pero hay mucho más prejuicio si está vinculado con el peronismo.

–Santoro: Sí, hay mucho de prejuicio, de racismo, sobre todo en el arte. El arte no lo quiso apropiar hasta hace pocos años. Era un abordaje imposible. En el mundo de la plástica, el peronismo no entraba, era un lugar oscuro al que nadie quería acercarse. Hubo por supuesto artistas como Carlos Gorriarena o Nicolás García Uriburu que hicieron cosas pero no metiéndose intensivamente. La cuestión está sobre todo en la incapacidad de apropiación de nuestro mundo de la cultura. Siempre se prefirió al arte político entendido como arte de izquierda. Si estabas cercano al PC tenías como una garantía de que estabas en el arte político. Pero el peronismo no calificaba.

Una forma de huir del peronismo era decir que tenía una estética fascista. Yo por eso en muchos cuadros ironizo con eso, satirizo, cargo los cuadros para que eso explote un poco. Es una operación como de autolimpieza. Hay un pibe que tiene un blog que se llama Anarkoperonismo, que dice que es mucho más provocador cantar la marcha peronista que cantar la Internacional. La Internacional tiene una aprobación que le da hasta cierto glamour. En cambio, el peronismo no cierra por ningún lado, es la negritud.

–Es darle visibilidad a los gronchos, digamos.



–Santoro: Exactamente. Y eso, desde el punto de vista de la cultura, no es posible. Con el negro étnico está todo bárbaro, pero el cabeza no tiene visibilidad de ningún tipo. Este tema de los morochos, y del cabeza fundamentalmente, es el tema civilización y barbarie. Por eso La vuelta del malón, es un cuadro que emblematiza ese instante en que se termina la barbarie y aparece la civilización. Roca construye un desierto, un terreno civilizado. Y de golpe irrumpen estos cabezas, estos descendientes de los indios, estos mestizos que parecía que estaban desaparecidos. La vuelta del malón, la verdadera y que podríamos decir definitiva, fue el 17 de octubre. Y cuando los ven venir, como (Ernesto) Sanmartino, el diputado radical, dicen que viene un aluvión zoológico. Por eso en el cuadro yo pongo al centauro, para representar esa supuesta animalidad irreductible de esta gente que reaparece nuevamente y que funda el peronismo.

–¿El peronismo es una forma de vuelta del malón?

–Santoro: Claro, los indios del malón son protoperonistas si se quiere, incluso ya quemaban iglesias. En mi cuadro, por ejemplo, están llevándose a Victoria Ocampo que es otro malón en la cultura. El peronismo es un lugar no homologable de la cultura. Entonces volvemos a la pregunta de por qué el peronismo no aparece en el arte. Porque es tan temido como son temidos los malones. Nos vienen a sacar toda nuestra cultura europea, tenemos un palacete racionalista y francés, somos cultos y no necesitamos de estos salvajes que vaya uno a saber qué malas noticias nos traen de la oscuridad de La Pampa. Siempre lo que hay en el mundo de la cultura es un lugar no homologable, que nosotros ya tenemos, somos cultura occidental. Entonces, no queremos que nos sumerjan en ese mundo latinoamericano que no merecemos, porque nosotros en realidad venimos de los inmigrantes europeos y no tenemos nada que ver con estos negros peruanos, paraguayos.

–Por eso sigue siendo tan grande el racismo que hay en el país.

–Santoro: Exactamente. Y por eso Argentina no califica como país latinoamericano culturalmente. Podés hablar de México, Colombia, Brasil y hasta de Uruguay, pero Argentina no. Es un quilombo nuestro porque no terminan de juntarse nuestros mundos, no se metabolizan. Todos los países han traído a Europa pero han hecho una metabolización y surgen culturas locales definidas. Nuestra cultura local siempre está desbalanceándose, y debatiendo en esa vieja consigna sarmientina de civilización y barbarie.

–Iniesta: Dirás civilización o barbarie.

–Santoro: Pero son las dos cosas. El peronismo es un mensajero de la barbarie y un agente civilizador, también. Funciona como en una interfase. Entonces, según como lo veas, es el gran constructor de escuelas, y sin embargo es mensajero de la barbarie también. Por eso es fuente de debate. El eje central es el racismo ramplón pero inconfesable, porque acá parece que nadie es fascista. Somos todos superevolucionados.

–Sin embargo, basta con prender la tele y ver la cobertura periodística de una marcha piquetera para pensar lo contrario.

–Santoro: Claro. Siempre hay algo salvaje, hay violencia, y el lenguaje se liga a eso. En cambio, una marcha de rubios nunca tiene ese problema. El antiperonismo está más vivo que el peronismo. Ese peronismo que generó el antiperonismo ya murió hace rato, se ha mutado infinitamente, es un dato histórico nada más. Sin embargo, el antiperonismo que se generó sigue vigente tal cual, no ha variado en absolutamente nada.

–¿Ese antiperonismo está vigente en la política, en la sociedad y también en el arte?

–Santoro: En el mundo del arte o del coleccionismo no tiene el mismo efecto. Hay muchos antiperonistas que compran cuadros de ella o míos. No sé cómo funciona, hay otra lectura de nuestras obras. Mi obra fue vista por algunas revistas internacionales y eso a los coleccionistas les llama la atención, lo entienden como una homologación externa, porque afuera no está el prejuicio que hay aquí.

–Iniesta: Porque está reconocido internacionalmente. Evita y Perón son Argentina. No hay otro movimiento histórico que pueda homologarse al peronismo.

–Santoro: Claro, si vos hablás de peronismo, hablás de Argentina. Afuera, el peronismo es visto como un producto cultural argentino y no solamente político. Es como el fútbol y el tango.

–¿Creen que desde el arte se puede hacer un aporte a la política y a la construcción de un imaginario nacional?

–Iniesta: No deliberadamente, pero creo que uno lo que siempre intenta es aportar a esa construcción.

–Santoro: Particularmente, como propuesta conceptual, quiero que mi obra se incorpore al imaginario político del peronismo. No tengo propiedad de las imágenes ni exijo algo a cambio, sino que simplemente estén ahí, como el escudo justicialista. Algunas cosas se van incorporando al imaginario, como el descamisado gigante, pero es difícil una acción directa sobre la política. No lo lograron los rusos ni los chinos. El arte camina por otro lado, podría no existir y no pasaría nada.

domingo 24 de enero de 2010

Arte y Revolución en América Latina

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por Ricardo Carpani

Tomado de Cruzada Sur

En períodos históricos estabilizados, con valores comunes e indiscutidos, la obra del artista tiene garantizada su posibilidad comunicativa. El arquitecto, el pintor, el escultor del antiguo Egipto o Grecia, el artista del Medioevo o del Renacimiento, establecían contacto directo y espontáneo, a través de su obra, con la sociedad que los nutría. En las paredes de los templos, iglesias y edificios públicos, que constituían el núcleo aglutinante de la comunidad, el arte dialogaba permanentemente con los hombres. Esta facilidad de comunicación espiritual era posible gracias a la acción combinada de dos factores: la frecuencia del contacto entre la obra artística y el pueblo, y la vigencia de ciertas normas y valores, considerados eternos e inmutables, que regían toda la actividad social.

En efecto, el carácter colectivo del arte, su presencia en los sitios que habitualmente frecuentaba el hombre, promovía un constante ejercicio para la sensibilidad de éste, familiarizándolo con las formas, a través de las cuales expresaba el artista su mensaje. Y ese mensaje o contenido de la obra de arte era perfectamente captado por el espectador, ya que la vida cultural y artística se construía sobre aquellos valores, comunes a todos los hombres.

No sucede lo mismo en los períodos históricos de transición; y el que nos toca vivir, más que ningún otro, posee ese carácter. Asistimos al derrumbe de todo un sistema económico, político y social, que se manifiesta en la superestructura ideológica por una profunda crisis de los valores vigentes hasta el momento.

Si consideramos que toda actividad cultural y artística se asienta en el mundo de los valores concluiremos que la crisis actual no puede menos que gravitar en el terreno del arte, produciendo, entre otras cosas, un rompimiento del carácter comunicativo directo y espontáneo que poseía la obra artística, como vehículo entre el creador y la sociedad.

Todo período de transición lleva en germen —o va elaborando— aquellos valores sobre los cuales se construirá la estabilidad del próximo período. El artista capta de la realidad estos elementos, concretándolos en su obra. Pero como la sociedad en evolución arrastra consigo los moribundos valores del pasado y éstos están materializados en el orden social vigente, rigiendo las ideas y los actos de la mayor parte de la sociedad, se plantea el conflicto entre la obra de arte que se asienta —siquiera parcialmente— sobre los nuevos valores en gestación, expresándolos, y el común de la gente que vive aun supeditada a valores caducos.

El divorcio entre artista y sociedad, inherente a todo período histórico de transición y producto de la carencia de una base valorativa común, se ve agravado en nuestra época por el peculiar desarrollo del capitalismo. Éste, con su concepción individualista de los problemas del hombre y la exaltación de los valores de utilidad, ha tendido, desde su nacimiento mismo, a separar cada vez más al artista de la sociedad. La obra de arte dejó de ser un bien social para transformarse en mercancía. Perdió su carácter monumental y colectivo, dejando de estar en contacto directo con la comunidad, para pasar a ser el lujo de unos pocos.

Si agregamos a todo esto la acción deformante del gusto estético, ejercida mediante los malos afiches publicitarios, dibujos de historietas, etc., más la necesidad que tiene el hombre moderno de impermeabilizar su sensibilidad, para no enloquecer con la cantidad de formas y colores que desde esos afiches reclaman su atención, tendremos la explicación al hecho de que el artista moderno no encuentre en el público la comprensión necesaria.

El diálogo a través de la obra se ha roto. De ahí que resulte indispensable analizar a fondo los problemas del arte en nuestra época, sacando de este análisis conclusiones rectoras para la acción. Única forma de promover el reencuentro entre artista y sociedad, entre el arte y su destinatario: el hombre.

Uno de los problemas que con mayor insistencia se plantea en el terreno del arte y la literatura en nuestro país lo constituye, sin lugar a dudas, la cuestión de un arte y una literatura nacionales.

De la necesidad de este tipo de expresión, nos está hablando con elocuencia la misma insistencia en su planteamiento.

En los últimos tiempos, y como consecuencia del acaecer político y social, se han producido ciertos desplazamientos ideológicos que promovieron una revaloración de lo nacional en arte. Es así como este concepto ha merecido la atención de algunos críticos, intelectuales y artistas que hasta ayer adoptaban una actitud indiferente o francamente hostil ante la necesidad de un arte con esas características.

Este reacomodo forzado a la nueva realidad del país fructificó en una serie de interpretaciones del concepto «arte nacional», que se caracterizan, la mayor parte de las veces, por un distraerse en el análisis de elementos secundarios, sin atinar a una definición sacando sus consecuencias.

Frente a estas vacilantes interpretaciones, que dejan intacto el prestigio de nuestros plagiarios de primera línea y que nada aportan al surgimiento de una auténtica expresión nacional, es imprescindible plantear la cuestión en sus justos términos.

Todo arte es un producto social. Pero no un producto de la sociedad humana en abstracto, desprejuiciada de tiempo y lugar, sino un producto de una sociedad determinada en un determinado momento de su desarrollo histórico.

Un análisis de las manifestaciones artísticas a través de la historia nos permitirá comprobar la veracidad de esta afirmación. Cada pueblo, en cada período, ha engendrado un tipo de arte que le es propio y que responde a las peculiaridades de toda índole, conformadoras de su realidad. Los estilos se han modificado en estrecha vinculación con los cambios estructurales de la sociedad que los origina. Las más representativas creaciones artísticas de la humanidad expresan, de manera inequívoca, el espíritu total del medio en que nacieron. Así por ejemplo, en la catedral gótica se halla implícita la concepción religiosa del universo, propia de la Edad Media. Las pirámides egipcias son un símbolo directo de la rígida estratificación social en el Egipto de los faraones. Las descarnadas figuras de El Greco testimonian genialmente la atmósfera mística del Toledo inquisitorial. Y el arte del Renacimiento italiano refleja, antes que nada, el retorno a los valores terrenales, determinado por el ascenso de la burguesía con su nueva visión del mundo. Este sincronismo entre las variaciones estilísticas del arte y las nuevas estructuras sociales que el desarrollo histórico va engendrando se explica por el hecho de que el arte es un producto del quehacer humano. Y como el hombre se conforma, fundamentalmente, según los elementos sociales que gravitan sobre él, lógico es que al expresarse artísticamente, si lo hace en un sentido profundo y con sinceridad, dé expresión inevitable al medio que lo rodea.

Sentada la premisa de que el arte es un producto social, si establecemos al mismo tiempo que el ritmo de crecimiento histórico es variable para cada sociedad y las diferencias que determina, unidas a cuestiones geográficas, raciales, idiomáticas, culturales, etc. dan origen a las distintas nacionalidades, tendremos que admitir el carácter nacional de toda producción artística. O dicho de otro modo: la sociedad humana no presenta las mismas características en las distintas regiones del mundo. No todos los pueblos poseen el mismo grado de desarrollo histórico, ni desenvuelven su actividad en un medio geográfico similar, ni son producto de una misma amalgama de razas, ni hablan y piensan en el mismo idioma, ni rinden culto a una tradición y cultura idénticas. Cada uno de ellos tiene, en relación con estos factores, características propias, determinantes de la nacionalidad. Y estas características nacionales no pueden menos que estar presentes en las manifestaciones artísticas, siendo como es el arte un producto social.

Podemos afirmar entonces que el arte, por el hecho de ser una expresión social, necesariamente ha de ser también una expresión nacional.

Esta conclusión reviste para nosotros excepcional importancia, ya que constituye el punto de partida obligatorio en la ruta hacia un arte de perdurabilidad histórica. Arte creativo, no imitativo, sólo logrado en la medida que sea definitorio de nuestra personalidad como pueblo.

sábado 23 de enero de 2010

Ataque de Pánico

sábado 16 de enero de 2010

Marcha Triunfal

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Por Rubén Darío


¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

Ya pasa debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas
la gloria solemne de los estandartes,
llevados por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha el ruido que forman las armas de los caballeros,
los frenos que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos que hieren la tierra
y los timbaleros,
que el paso acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan los fieros guerreros
debajo los arcos triunfales!

Los claros clarines de pronto levantan sus sones,
su canto sonoro,
su cálido coro,
que envuelve en su trueno de oro
la augusta soberbia de los pabellones.
Él dice la lucha, la herida venganza,
las ásperas crines,
los rudos penachos, la pica, la lanza,
la sangre que riega de heroicos carmines
la tierra;
de negros mastines
que azuza la muerte, que rige la guerra.

Los áureos sonidos
anuncian el advenimiento
triunfal de la Gloria;
dejando el picacho que guarda sus nidos,
tendiendo sus alas enormes al viento,
los cóndores llegan. ¡Llegó la victoria!

Ya pasa el cortejo.
Señala el abuelo los héroes al niño.
Ved cómo la barba del viejo
los bucles de oro circunda de armiño.
Las bellas mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más hermosa
sonríe al más fiero de los vencedores.
¡Honor al que trae cautiva la extraña bandera
honor al herido y honor a los fieles
soldados que muerte encontraron por mano extranjera!

¡Clarines! ¡Laureles!

Los nobles espadas de tiempos gloriosos,
desde sus panoplias saludan las nuevas coronas y lauros
?las viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de aquellos lanceros que fueron centauros?.
Las trompas guerreras resuenan:
de voces los aires se llenan...

A aquellas antiguas espadas,
a aquellos ilustres aceros,
que encaman las glorias pasadas...
Y al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros,
al que ama la insignia del suelo materno,
al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles del rojo verano,
las nieves y vientos del gélido invierno,
la noche, la escarcha
y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,
¡saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha triunfal!...

lunes 11 de enero de 2010

DAF